El valor de tu nombre en Mérida

Nombre y Apellido

En un mundo donde el crédito a la palabra ya no se aplica en ningún tipo de transacción comercial y el honor es casi un valor que se quedó sólo como anécdota para la serie Juego de Tronos, el nombre y el apellido sigue siendo para los meridanos casi un valor excepcional que nos distingue de otras ciudades.

Porque ya no se trata sólo del uso del Nombre y Apellido como sinónimo de prestigio y posición social de una persona; ya no es aquel binomio que nos habla de entrañables y acrisoladas virtudes que acompañan a una persona desde el nacimiento, bautizo y hasta su muerte sino de la incorporación de estos dos elementos de identidad y prosapia a la mercadotecnia moderna.

Hoy, el nombre y el apellido de cualquier persona –conocida o desconocida- como marca de algún producto o servicio no sólo parece estar de moda sino que surge con mayor fuerza, casi como una respuesta a una presunta desconfianza del consumidor local frente a la presencia de las firmas de grandes corporativos, o al revés, quizá sea un mecanismo de identidad escondido ante la invasión de cadenas y consorcios que nos traen los mares del neoliberalismo.

En el nombre y el apellido como marca o patente los meridanos se reconocen y también aprenden a reconocer al otro, aunque para ello tenga que sacrificar el nombre de pila y en cambio prefieran revivir la muy meridana costumbre de resaltar la sonoridad de sus diminutivos: por varias generaciones la repostería yucateca ha sido el caldero ideal para esta mezcla de familiaridad y mercadotecnia: Beatriz Casellas, Tere Cazola, Ily Medina, Chata Cámara, Cecy Medina, …ante ésta evocación sutil, cualquiera pensaría que ese pastel que estás comiendo fue preparado por las mismísimas manos amorosas de alguna de éstas personas y no por algún joven uniformado de alguna franquicia extranjera con ese gafete “En Entrenamiento” pegado a su playera.



“Es de la Chata Cámara”, dirás, pero aunque en tu vida te acercaste a conocer la historia y la amplia dinastía de ésta familia de rancio y noble abolengo meridano, o si nunca te diste cuenta siquiera que hay una villa Mercedes Cámara en la avenida Colón, lo importante es que sabes que lo que tienes en tus manos es un postre de “La Chata Cámara”.

No hay duda de su origen. Es un postre de “La Chata Cámara” y sobre esa verdad ontológica no puede haber más dudas existenciales.

No fue el mismo trato delicado en el caso de los hombres: David Arceo, la leyenda de la electrónica todavía está al frente de su negocio en Plaza Fiesta, la única plaza en Mérida en la que encontrarás a firmas yucatecas de los ochentas que han sobrevivido al cataclismo invasor: Rocketerías, Chabeli, y también Huacho Martín, la única tienda que según decía el difunto de Pepe Mena, se daba el lujo de  sacar a la gente del establecimiento para poder cerrar, cada noche, durante los 365 días del año.

Otros nombres cuyas marcas evocaron ese pasado de la generación X son el de la vieja alcoholemia, como Luis Achurra y  Pepe López; y más para acá, del lado de los millenials, a Manuel Delgado; Nacho Cejudo, José Barroso y Rigel González, de quien se cuenta, se daba el lujo de hacer sufrir a las encopetadas damas del Club Campestre con una lista de espera de hasta con más de un año de anticipación.

José Díaz Bolio –la avenida que lleva su nombre es la sede de la mayoría de estas reposterías y negocios- decía que los yucatecos estuvimos condenados a socializar porque el Caminante del Mayab no encontraba accidentes geográficos que le convirtieran en un sujeto huraño, que tuviera que defender su territorio o su milpa del enemigo a punta de machete. Las piedras, las serpientes, los alacranes y las tarántulas hicieron que el yucatanense camine de un lado a otro, siendo la persona más comunicativa, conversadora y sociable que se pueda encontrar.

La comunicación de boca en boca también ha sido la causa por la que el nombre y el apellido sean la consumación del “engagment” mercadológico entre la forma de ser tan aspiracional de los meridanos, ese estilo de vida que ama con locura todo aquello que suene, huela, se vea norteamericano o inglés y ese afán por mirar a los demás por encima del hombro.


De la repostería al salón de belleza no hubo diferencia: pasando por Gladys Castañeda, Frank de la Lastra y Alejandro Cano (las leyendas urbanas cuentan que en realidad éste último se llama Idelfonso Canul antes de partir la Ciudad de México) hoy, estos expendios de belleza meridanos representan la cúspide del uso del nombre y el apellido como sinónimo de gloria y realización plena.

¿Cómo no sentirse en la cumbre del éxtasis si te has hecho rayitos con el mismísimo Embajador de la Belleza en México? "Más allá de la Belleza" señala en su slogan, el exitoso diseñador capilar. 

Florecientes como hongos en temporada de lluvias, al igual que las plazas comerciales suburbanas del norte de Mérida hoy existe todo un verdadero tejido social en torno al culto al binomio “Nombre-Apellido” plasmado en letras de acero cursivas que adornan estos espacios:  Misael Perera, Cristina Méndez, Amaury Orta, Blanca Chí, Rafa Velasco, Gastón Manzanero, Ricardo Lugo, Germy Terrón, Zuley Díaz, Vero Valencia, Karla Lara, Ricardo Kuri, Maricarmen Parra, y un sinfín más de luminarias que harían palidecer hasta la mismísima alfombra roja en Cannes.

Entrar a estos templos del culto al cuerpo deben ser la máxima experiencia toda vez que te encontrarás ese “algo” que te separa de los mortales. En ese Olimpo de distinción te sentirás en otro país, cuando desde la puerta leas: Diana Bastarrachea “Nails Salon”. Woooow. 

O por ejemplo, Saraí Ramírez “Make up”. O por ejemplo, Dani Ancona “Lashes”. O sea, I´m keeping up with the Kardashians.

Tenía mucha razón  Díaz Bolio cuando se quejó del agotamiento de la fuente de riqueza, del oro verde, en Yucatán. Ante las decisiones y las imposiciones de fuera, expresó que los yucatecos poseemos un espíritu de superstición, de creer en la divinidad infalible de lo que viene del centro, y por otra parte, que padecemos de un profundo complejo de inferioridad que no se atreve a levantar la cara un aún ante el desastre.

Las cosas de Yucatán
Han de seguir como están.

Pero no es tu caso. Tú eres un gran emprendedor ya tienes la receta mágica. Es cuestión de engagment como dicen los mercádologos del altiplano. Por ejemplo, puedes sacar la pecera a la puerta de tu casa y poner una cartulina que diga: 

Pepe&Toño  
“Guppie Breaders Since 2017”.

Si ya estás cansado de la falta de personalidad de tu puesto de discos pirata puedes probar con esto:

Roberto Caamal and Sons. 
Clon Masters

Si vendes bolita puedes crear unas fabulosas tarjetas de presentación para acreditar los beneficios sociales de esta arraigada costumbre yucateca.  
Calín López 
“Tropical Croupier”.


Ya lo sabes, el nombre y el apellido venden. Hoy más que nunca. Usalos, tú sabes para qué eres bueno. 

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